Cuando las lecturas terminan así, Lucas se pregunta qué demonios ha
podido ocurrir con el aparentemente obvio pasaje del comunicante al
comunicado. Preguntar eso le cuesta mucho, porque en su caso no se
plantea jamás esa cuestión y por más enrarecido que esté el aire de su
escritura, por más que algunas cosas sólo puedan venir y pasar al
término de difíciles transcursos, Lucas no deja nunca de verificar si la
venida es válida y si el paso se opera sin obstáculos mayores. Poco le
importa la situación individual de los lectores, porque cree en una
medida misteriosamente multiforme que en la mayoría de los casos cae
como un traje bien cortado, y por eso no es necesario ceder terreno ni
en la venida ni en la ida: entre él y los demás se dará puente, siempre
que lo escrito nazca de semilla y no de injerto. En sus más delirantes
invenciones algo hay a la vez de tan sencillo, de tan pajarito y de
escoba de quince. No se trata de escribir para los demás sino para uno
mismo, pero uno mismo tiene que ser también los demás; tan elementary,
my dear Watson, que hasta da desconfianza, preguntarse si no habrá una
inconsciente demagogia en esa corroboración entre remitente, mensaje y
destinatario. Lucas mira en la palma de su mano la palabra destinatario,
el acaricia apenas el pelaje y la devuelve a su limbo incierto; le
importa un bledo el destinatario puesto que lo tiene ahí a tiro,
escribiendo lo que él lee y leyendo lo que él escribe, qué tanto joder.
Julio Cortázar, "Un tal Lucas".
Julio Cortázar, "Un tal Lucas".
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