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jueves, 15 de enero de 2015

Hay cosas que arrastran los sueños y se llaman realidades. A veces nos regala una piedra rosada para entender los puntos cardinales (el amor, siempre el punto es el amor). Otras, nos regala vidrios por si la noche no trajo consigo estrellas. Hay cosas que arrastran los mapas. Un amor por los compases y los elefantes y las tortugas que cargan esos sueños medievales, tan en siena y verde heno que son completamente irresistibles al tacto, sobre todo, de las plantas de los pies. También se le arrastran mantras, pórticos bellísimos de una mujer que fue cantera o zafiro y ahora es lumbre en el umbral de una catedral oriental. Hay cosas que no se deben dejar de escuchar desde que nos levantamos, y es ese brío de pelícano o flor de loto que nos invade, completamente, y nos dice que caminar en círculos al final hace un mandala y que no, es mentira total que se avanza en línea recta.

Hay cosas que se mantienen vivas por los sueños, y eso es algo así como escribir de noche y de día, con nada a favor excepto el mundo de las ideas, el corazón, los lugares adonde pertenecimos hace muchos días, más allá de la cuenta actual que nos dice que esto es el aquí y el ahora. Esto, en verdad, siempre es aquí y ahora. Bizancio lo fue, el Partenón, también.

Y ahora que no me decido entre el Macchu Pichu y Moscú, arengo las voces de los soñantes, ya habrá manera de intercambiarlos por papeles perfumados, de silencio, de sándalo, de amor, de una historia que no tiene fin.

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