Ven,
Jessica/ contempla el firmamento/ adornado con resplandecientes esferas
doradas/ en él no hay ni una sola estrella/ que, en su girar, no cante
como un ángel/ que no pertenezca al coro de los querubines./ Esta misma
armonía está en nuestra alma/ y sólo cuando el triste harapo de la
maldad/ la cubre, somos incapaces de oírla.
W. Shakespeare, "El mercader de Venecia".
W. Shakespeare, "El mercader de Venecia".
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