Nunca vio la Luna, hasta ese día. ¡Era tan blanca, tan
preciosa! Redonda, como era descrita en los cuentos que leía a escondidas.
Amorosa, como la dibujaban en las canciones entonadas dentro de las viejas
cantinas del letárgico pueblo que se había quedado atrás. Misteriosa, como la
pintaban los supersticiosos y los buscadores de peligros nocturnos.
Para nada le
pareció mortal: tanta luz sólo era comparable con la de aquellos senos de la
joven criada que no volvió por irse con su amor secreto. O como la nieve de febrero,
minutos después de ser quitada a puños de la cara de su prima Isabel. La luz de
la Luna era la cara de Isabel, minutos antes de morir bajo el alud. Ni la nieve
ni Isabel podrían ser la muerte. Demasiada belleza no puede acarrear la
ausencia. Lo mismo debe pasar con la Luna, dijo. Aventó la manta y salió del
cuartel, caminando como un tonto.
Espérese,
general, usted no… General, ¿a dónde va? ¡Eh, tú! Avísales a los muchachos que
el general se salió del cuartel. ¡Manda poner las vallas!
La abuela predijo para el recién nacido una
Muerte de Luna al tirarle las cartas. La dieciocho fue la primera arrojada, y
salió invertida.
Grandes cuentos
tuvieron que inventar sus padres para convencer al pequeño de no mirar a la
Luna: cada cuatro semanas, la Luna viene por los niños buenos, decía la madre.
Me haré malo entonces, replicaba el niño. Las otras tres, se lleva a todos los
niños perversos. No seré ni bueno ni malo, mamá. ¡La Luna se come a la
inocencia y mata a las madres de pena! ¿No quieres darme una pena, verdad? Pero
él no entendía de aflicciones maternas porque era solo un niño.
La luz de la Luna provoca ceguera: por eso
las parejas deambulan, medio frágiles. No pueden ver y se cuidan el uno al
otro, dándose de tumbos contra la pared, decía el padre. Ellos creen que es
amor. Pura ceguera lunar. Tú no quieres ser ciego, ¿verdad, hijo? Y el pequeño
no comprendía que su padre hubiera preferido verle muerto antes que fincar su
relación en la acotada libertad que ambos padecían, porque era un niño.
Hecho un hombre,
su musculatura, si bien recia, envolvía una osamenta pequeña. Su piel reflejaba
la ausencia de la definición y las categorías del deseo, o eso que se forja
(con mayor o menor intensidad) con cada rayo lunar que atraviesa las pupilas de
un ser humano mientras crece. No sabía distinguir el deseo de la curiosidad, el
amor de la pasión, la sensibilidad de la sensiblería. Ese lado, el de las
fuerzas femeninas y nocturnas, era un cuajo al centro del corazón. Lo suyo, era
el lado donde se encuentran el día y el don de la beligerancia. Lo demás no
importaba en realidad.
De vez
en cuando, el hombrecito solar recordaba los voluptuosos trazos lunares que le
había regalado su abuela. Muy en el fondo, se sabía dueño de la Luna, y sabía
que la Luna lo poseería a él también, tarde o temprano: Irredenta Coyolxauhqui
te espera para librar la más alta de todas las batallas. Podría dudar de
cualquier otro encomendado, pero de ti no. Aquí o allá, no importa dónde,
deberás ganarle. Eso es lo que ella quiere. Cuando la veas ponerse blanca y
tierna, ataca con el corazón. Peléale el corazón, antes que te descuartice a
ti.
Esa noche, cuando
algún subordinado traidor dejó la ventana abierta, se infiltró la voz de la
diosa. Lo llamaba, dulce y sensual, a través del aire. Los movimientos externos
del temerario general se ajustaron para cobrarle el retroactivo a la noche y
pelear contra Coyolxauhqui.
Había sido una
mala jornada: ciento veinte ejecutados y el campamento sitiado. No había comido
en cinco días. En otros tiempos, él se habría opuesto a mostrar el rostro de la
derrota ante el enemigo. Pero esta vez no intentó siquiera luchar contra el
magnetismo de aquella mujer: reconoció que no tenía voluntad. Y sin voluntad no
hay fuerza. Miró su cuerpo cansado. Decidió entonces cambiar la estrategia:
Lucha pasiva, se dijo. Y le entregó el corazón.
De pronto, al
hombrecito solar se le clavó un relámpago esclarecedor del sentido de lo
nocturno y el deseo. Las categorías del deseo, antes indivisas, ahora eran
trocitos rojos que brillaban con la luz de la guerrera.
Del general
nadie supo nada a la mañana siguiente. Un soldado mudo alguna vez intentó
contar que había visto cómo la diosa tocó la tierra esa noche, bajando en
trozos para recoger el núcleo rojo y aún con vida de su amado, mientras lo iba
recomponiendo en el trayecto a su casa, ubicada al Otro Lado de la Luna. Otros cuentan
que desde aquel día, las guerras las pierden vencedores y vencidos, cuando
luchan en ese lugar. Unos cuantos aseguran que los solitarios invariablemente
encuentran ahí el amor.
Acá sólo se sabe
que Irredenta ya no lanza patadas a siniestra y diestra contra otros dioses
menores. Cuando se pone el sol en Este Lado, el hombrecito solar recibe los
dedos de los pies de su mujer y los lame, uno a uno, esperando que una descarga
eléctrica le traiga el resto del cuerpo: primero los tobillos, luego las
pantorrillas, los muslos y las caderas; les siguen los brazos, los hombros, la
espalda, el cuello, las manos, el cabello… Y así, hasta que el ritual culmina
con la entrada por los cuatro puntos cardinales de los pechos, el vientre, el
sexo y el rostro completo de la mujer. Comienza la batalla en ese momento.
Nosotros (no sabemos bien si por ternura,
pasión contagiada o por un estado de gracia especial que nos atrapa), dejamos
que la noche se arraigue, en Este Lado de la Luna.
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